Trazos

Hay una línea, entre todas las que elegiste, en la que empiezo a desaparecer. Y como el viento que mueve sin descanso las ramas de los árboles, vuelvo del fin a mi nacimiento. Basta un solo gesto de tu mano en el vacío para poner en marcha esta nueva perplejidad de horas, de minutos, de sombras que se consumen... Camino alrededor de mí. Ningún límite se interpone, pero bien sé que cada paso lo guarda el invierno. Si enciendo una llama es para no perderme; si ante la luz cierro los ojos es para que viva en secreto tras los párpados. Cada cosa que haya existido, volverá a abrirse paso entre la hierba. Pero no sin riesgo. Aquí y allá todo cruje. El corazón siempre estará a la altura de su muerte. Cruzará para ella el aire, el agua, la herrumbre... La tinta negra de un mar negro va de tus manos a mis manos, aprieta el anzuelo, escupe palabras incomprensibles.


Pero he aquí que empiezo a desaparecer. La oscura línea continúa su curso. Tres vueltas de llave, y el cuerpo sentirá sus fantasmas, su sangre espesa, su absurda forma interior...


Aire, sangre, formas... palabras que agotan su estrella, círculos protectores que recuerdan cruelmente el tiempo de los sacrificios a un dios tan impalpable como el deseo de volver.


Piedra, arena, abismo. El silencio que sigue al estallido, al grito de guerra, a la tempestad, se confunde con el mío, precario y blanco. Pero, ¿quién dice que estoy en el mundo? ¿Quién dice que este día es sólo un día y no me pertenece?