Peldaño III

La luz rueda silenciosa sobre la piedra y alcanza una ventana. En ella funda su reino, sin importar quién, desde algún rincón, pueda celebrar su epifanía. Dentro, alguien intenta una fórmula, una aritmética de lo que apenas intuye, y obliga a su cuerpo a corresponder ese abrazo de arcilla inquietante. Nada de lo que ocurre en el secreto de las cosas podría ser invocado por el azar. Así las acepta y las ofrece al ritmo vertiginoso del tiempo.

 
Bajo el techo que ningún cielo sostiene, la vida transcurre de otra manera. Un río subterráneo de formas voluptuosas, un río que apenas sí se advierte en la penumbra. Cuanto resplandece adentro, cal y arena, suaves curvas que acogen como un vientre el sueño y los misterios de la carne, alimenta el rabioso mediodía de las terrazas; el mar rutilante que va y vuelve allí abajo, las constantes e invisibles precipitaciones del afuera. Dentro, seguirán hasta el fin las mediciones, las largas esperas entre números y pequeños dioses chispeantes.

Los ojos no han perdido de vista ni un instante los cambios geométricos de la luz, como el cazador a su presa, o el zahorí el llamado insistente del agua. Así, oscuramente, la noche, el oído atento. La luz es apenas un fantasma en la rugosidad del muro. Pronto se llevará la ventana, la redondez de un vaso, el ángulo exacto de la mesa. Quedará el mar, su música galopando en el espacio negro. Un mar imaginario como las cosas que empiezan a desaparecer, como el brillo opaco del compás, como las manos... Sí, al final sólo quedan las manos, su quietud de hueso, prueba de que hubo algo, ni grande ni pequeño, abriéndose a la noche, sucediendo sin testigos, sucediendo—sencillamente—como la luz, o el peldaño que no continúa la escalera, y que muere, perfecto y distante, ante tus ojos que se apagan.